
Corazones aparentemente sanos y, encima, de deportistas como Antonio Puerta, pueden dejar de latir por una
muerte súbita. Detrás de estos fallecimientos dramáticos están alteraciones cardiacas ocultas, que hay que detectar antes de que sea demasiado tarde.
Muchos aficionados al fútbol vimos como Antonio Puerta caía fulminado durante la disputa del partido que jugaron Sevilla y Getafe. En principio pareció un simple mareo, una lipotimia o, como mucho, un ataque de epilepsia. El jugador se recuperó, pero lo cierto es que su corazón estaba sufriendo una
displasia arritmogénica en el ventrículo derecho, una enfermedad hereditaria que produce arritmias fatales. Cuando estas arritmias empiezan, la actividad del corazón se desenfrena y los ventrículos son incapaces de bombear sangre, practicamente es como si el corazón se detuviese. El oxígeno no llega al cerebro y, en segundos, se pierde la consciencia. En esos momentos críticos es necesario reanimar el corazón con una descarga eléctrica de alta energía, de no llevarse a cabo esta operación, la persona afectada puede morir o terminar con lesiones cerebrales irreversibles.